¡Hasta luego, Amigo! Un adiós al Padre Arkel



                              

Hablar de alguien es algo muy delicado. Pero, ciertamente, es muy sencillo hablar de quien está vivo, ya que puede hasta corregir lo que de él o de ella estamos expresando. Lo realmente delicado es cuando esa persona de quien hablamos ya no se encuentra en medio de nosotros, ni lo estará más -por lo menos físicamente.
En esta ocasión intentaré hablar de alguien que supo estar en el corazón de muchas personas, pero que ahora cambió su dirección, pues ya no es ubicable en dirección geográfica alguna, ya que se ha mudado al cielo.
Y, decía, es delicado hablar de quien ya jamás estará  porque corremos el riesgo de mitificarle, de santificarle o de  distorsionarle. Trataré de no hacerlo, aunque resultaría demasiado fácil.
Hace unos cuantos años conocí a un sacerdote bonachón y cariñoso, un niño alegre y comunicativo, a quien las dificultades de la vida no parecían haberle creado corazas sino –muy por el contrario-  parecían haberle arrancado prejuicios y ‘posiciones adelantadas’ con respecto a quienes se encontrara. Él siempre sabía justificar las malas acciones de cualquier persona. Su conversación giraba en torno a varios focos de interés.
Uno de ellos era su familia. Aunque había perdido tempranamente a sus padres, las cuatro hermanas con quienes creció sembraron en él valores y actitudes de cortesía que estaba contento de aplicar. Sus recuerdos de infancia  eran alegres y llenos de la picardía propia de todo niño.
Otro foco de interés –tal vez el más importante- lo constituía su vocación, la manera en que Dios lo llamó a hacerse sacerdote, a dejarlo todo por encontrar el maravilloso ‘tesoro escondido’ de Jesús. Aquí siempre debía referirse a la Renovación Carismática Católica; esto se debía a que había sido en un retiro básico de la Renovación donde había descubierto ese llamado que, en lo sucesivo, llenó su existencia de la Luz de Cristo, Luz que llevaba muy en alto para que pudiera iluminar a otros.
A consecuencia del anterior, un tercer foco sería la aplicación básica de la Creación de Dios en su vida personal y de servicio. ‘Sé feliz’ era una frase que se le solía escuchar. Estaba convencido que Dios quería nuestra felicidad y se esforzaba en aplicar esa teoría básica a sus relaciones personales y lo entregaba como consejo fundamental.
Es evidente que toda su alegría estaba colmada por la presencia de María, nuestra Madre, en su vida. Ella era causa de su alegría, soporte en sus necesidades, consuelo en sus sufrimientos. Porque la felicidad no consiste en vivir como si no viviéramos sino en luchar cada día por conquistar nuestra ración de felicidad, para gloria de Dios y por amor a los demás. Él sabía que su felicidad alegraba a otros y no se daba permiso de ser infeliz, aun en los momentos de gran dolor físico o moral. Y esto tenía que ser así por cuanto él estaba convencido del Amor de Dios, ante el cual ningún obstáculo era insalvable.
Por supuesto que, como sacerdote, conocía el gran poder sanador del sacramento del perdón, el cual utilizaba para aconsejar y permitirle a Dios actuar en la persona que se acercaba al sacramento. Lo decía, sí, pero primeramente él lo practicaba. Se esforzaba por perdonar y trataba de restar intencionalidad o maldad a cualquiera que pudiera haberle hecho daño, haberle causado dolor.
Por otra parte, sabía que las personas requerimos de la solidaridad de nuestro prójimo y siempre estaba dispuesto a ayudar materialmente a quien se acercara con una necesidad. Siempre tenía tiempo para atender a las personas, sin importar si debía suspender un reposo médico para hacerlo.
Él era feliz -como un niño- y responsable -como un adulto- de las personas que lo requerían. Era, asimismo, hombre de profunda fe, que llegaba hasta a las personas: él creía en el ser humano como creatura de Dios y capaz de todo lo bueno imaginable.
De salud física muy delicada, durante los últimos años estuvo luchando contra una bacteria que requería tratamientos dolorosísimos, que soportó con buen ánimo. Muchos esperábamos verlo pronto, ya que su gran alegría era volver a su tierra natal, con su familia y sus amigos viejos, a ‘su Parroquia’ donde muchísima gente lo apreciaba profundamente.
Esto –es evidente- ya no sucederá. Sus restos mortales quedaron por allá, lejos del terruño. Sin embargo, su corazón siempre permanecerá con nosotros. El Padre Arkel –Arkelito, Viejo, Higgis o como quiera que se le llamara por cariño- supo ser testimonio evangélico en el día a día.
Y, en aquello de buscar estar en verdad, hemos de recordar que la ingenuidad del padre Arkel muchas veces le jugó mal. Creía tanto en las personas que no las consideraba capaces de engañarlo. Se equivocaba. Además, a él poco le importaba cuidarse a sí mismo; en cambio, se esforzaba por cuidar a quienes estaban necesitados. Así era él.
Hoy, cuando su vida se hace pasado, no podemos permitirnos estar tristes, pues no fue eso lo que nos enseñó. Debemos meternos en el Corazón Inmaculado de María y alegrarnos en Cristo Jesús: ¡tenemos un amigo muy cerca de Dios! Seguro que allí seguirá intercediendo por todos nosotros.
A ti, Padre Arkel, que nos animaste a bendecir sin cansancio, te despedimos con alegría y te prometemos que nos esforzaremos por amar más a Dios y a María Santísima, por participar más en la vida de Iglesia y llevar el mensaje de Cristo a todos nuestros ambientes.
A Ti, Señor, nuestro  agradecimiento por llenar nuestras vidas de personas buenas, como Arkelito. Él quería ser santo; seguro que lo logró.



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